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Perdida entre tanta desgracia hoy voy a hablar de mis nostalgias. Apátrida y atópica no tengo un lugar, una patria, de la que extraer amorosos recuerdos. Sin embargo la vida y la literatura me han llevado a lugares a los que con frecuencia y placer viaja mi espíritu; por ellos pasea y habla con sus gentes. Climas, costumbres, lenguas, olores, paisajes, gustos y cocinas no han levantado barrera que no haya podido saltar; al contrario, curiosa, he buscado y encontrado donde cobijarme.
De mi vida literaria recuerdo con placer mi estancia de una noche en La Vaubyessard, donde bailé el vals hasta desfallecer y me avergoncé, pobre de mí, de la torpeza de Charles entre aquella gente. También las templadas tardes, en Yonville, cuando retozaba con Rodolphe a la orilla del río.
Cuando siento nostalgia de mi Normandía natal, visito la página de una mujer desplazada como yo, que me conoce a fondo y me habla de mí y de las mujeres que saltan al mar desde los acantilados, o de las que fueron rapadas y paseadas desnudas por haberse enamorado de soldados alemanes; disfruto de su lirismo gráfico y literario.
He andado por Nueva York con John Dos Passos, cruzado puentes parisinos con Oliveira y La Maga en busca de un vidente ciego, recorrido Buenos Aires con Alejandra, y tomado café con Pessoa o alguno de sus heterónimos cuando se nos apareció la Virgen de Fátima tomando café en A Brasileira, en el Chiado lisboeta. Manuel Rivas me ha conducido por una Coruña con olor a papel y cuero quemados (los libros arden mal), pero también por ríos que hacen figuras y engullen la efigie de Franco un día de Carnaval. Rosalía de Castro, que hoy cumple años, me ha traído recuerdos de negros paraguas colgados a la espalda y chubasqueros de hojas de maíz; y de fina lluvia que resbala por piedras y árboles; también el grito de dolor frente a la pobreza, la marginación y el desgarro de la marcha.
Pero hoy siento nostalgia de almendros en flor, naranjos y limoneros, de casas con horno, cisterna y riurau, donde aprendí la magia de hacer cocas y asar cebollas y alcachofas; a cambio enseñé a asar el cordero y hacer cocidos con agua de lluvia. Y recuerdo al hombre mayor que, con su mujer, había decidido vivir sin luz eléctrica y comer (y fumar) de lo que le daba la tierra, y había renunciado al lenguaje: para lo que hay que hablar…